lunes, 19 de agosto de 2019

El arma mortal de Sant Iacob



Para Milenio

Esteban Garaiz
13 nov 2018



El ochenta por ciento de las fondas de Jalisco usan platos de barro de Capula: ahí saben mejor los tacos y las enchiladas.
Capula es un pueblo artesanal y de tradiciones, a escasos 20 kilómetros de Morelia. En los primeros días de noviembre, como en otros pueblos de Michoacán, se celebra el homenaje a los muertos, tan cercanos a los vivos.
En el altar central de la parroquia de Capula está la imagen de Santiago, el santo patrono del pueblo, como en tantos otros.
 Ahí está el apóstol: a caballo y con la espada en la mano. La espada es un arma: sirve para matar. Ahí está en el centro del templo del amor fraterno.
La Iglesia Católica Apostólica Romana acaba de dar un paso de enorme trascendencia en materia de doctrina moral: eliminar del Catecismo la licitud de la pena de muerte.
Dicho con claridad: nadie tiene derecho a quitarle la vida a ningún ser humano, hijo de Dios. Ni siquiera quienes, a nombre del Estado, o sea el rector de la convivencia pacífica de todos los seres humanos, se arrogan el derecho de matar “para castigo”.
Un paso trascendente, que ha pasado casi desapercibido, frente a las hipocresías del Pro Vida mientras miles de niños nacidos vivos mueren en nuestra sociedad por criminal descuido hacia la vida humana de los más pobres y orillados (cuatro veces más que en Cuba).
Como seguramente muchos de los amables lectores recordarán de sus tiempos infantiles del catecismo, toda religión consta de tres partes esenciales: dogma, moral y culto (aunque muchos se quedan sólo con el culto y hagan caso omiso de la moral fraterna).
Según los evangelios, Sant Iacob, el apóstol Santiago, era un pescador galileo: Iacob hijo de Zebedeo, que dejó barca y redes por seguir a Jesús el Nazareno y su doctrina de amor al prójimo (“y el segundo mandamiento es igual de importante que el primero, y es: amarás a tu prójimo como a ti mismo”).
Así que el tal Iacob sabía bien remar y echar las redes; el pobre pescador galileo nunca en su pobre vida se subió a un caballo; y mucho menos blandió una espada, que sirve sólo para matar, no para amar al prójimo como a ti mismo.
No es licito matar a nadie: ni a los moros, que también son hijos de Dios. Mucho menos a los dueños originarios de estas tierras. Un arma en un templo es una terrible incongruencia. Absolutamente fuera de toda lógica. A caballo es la sacralización de la violencia entre hijos de Dios. Todo lo contrario del amor al prójimo “como a ti mismo”.
El mito de Santiago Matamoros en Compostela, Galicia fue una de las peores perversiones de la religión del amor al prójimo. Peor lo fue el utilizarlo para robarles sus tierras a los dueños originarios en este continente; y todavía ponerlos a trabajar en ellas de manera coercitiva en favor de los conquistadores, o sea: de los arrebatadores.
El robo duró 100 años más después de la tramposa Independencia Trigarante de 1821 y de la República de mentiras, cuando ya en pleno siglo XX había 30 mil ciudadanos en esta Nación de 15 millones (por supuesto, los ciudadanos eran sólo varones) y el 85 por ciento de las tierras cultivables estaban en manos de mil familias. En el siglo XX.
No puede haber república encima de latifundios. En ninguna parte del mundo, ni en ninguna época de la historia. Vean a nuestros hermanos de Colombia o de Brasil.
Si no hay reforma agraria y liberación de los peones (o de los esclavos de las plantaciones en el caso de los Estados Unidos de América) hablar de república es un contrasentido. No hay república genuina en el mundo que no haya pasado por una reforma agraria: con tierra y libertad, las dos cosas juntas.
Y libertad supone escolaridad universal. Escuela para la convivencia entre iguales; no sólo capacitación para la producción con robots de carne y hueso.
Volviendo a la parroquia de Capula, la Iglesia Católica la tiene fácil para limpiar algunos de sus templos de armas en manos de santos. En la vida civil sí la tenemos mucho más complicada.
Aspirar a la cuarta transformación de nuestra historia como nación, cuando la tercera, o sea la Revolución Mexicana dejó en todo el siglo XX la mitad de la tarea por hacer, resulta un tanto utópico. Liberarse de toda la estirpe neoliberal, que traicionó los postulados que, todavía maltrechos, continúan plasmados en el Pacto Nacional de 1917, sigue siendo una tarea titánica; y pendiente.
Si en la merindad norte de Burgos, en España, sigue habiendo todavía un pueblo llamado Matajudíos, o aquí en nuestra frontera norte una ciudad llamada Matamoros, no pasa de ser un tema simbólico de algo grave.
Aquí se nos colaron millones de armas de alto poder; y matan. El nivel de homicidios es, sencillamente, la prueba de un Estado fallido. Acabar con las armas es tarea civil. Ahora más que nunca.

Entrevista sobre la política energética actual, en México.

Entrevista, que me hacen los periodistas Rubén Martín y Jesús Estrada, sobre la política energética en el actual gobierno.  https://mx.ivoox...